Fue entonces cuando me di cuenta: el idioma abre puertas.
Ahora vivo y enseño en España, y uso el español todos los días.
Gracias al español, he podido integrarme en la comunidad. Un día en el gimnasio, una chica elogió mis zapatos en español y empezamos a hablar. ¡Ahora es una de mis amigas aquí!
En mi cafetería favorita, hablo con los trabajadores cada vez que pido algo. Como conversamos en español, me recuerdan y ahora soy una clienta habitual.
También hay un puesto local de empanadas en mi pueblo. Cuando le conté al hombre que trabaja allí que había viajado a Argentina (¡su país de origen!), empezamos a hablar de mis viajes, la comida y su familia. Ahora cada vez que voy, nos ponemos al día como viejos amigos.
El español ayudó a convertir a desconocidos en amigos.
En la escuela, el español me ayuda a explicar lecciones, responder preguntas y conocer mejor a mis estudiantes. Cuando alguien no entiende algo en inglés, puedo cambiar al español y de repente todo tiene sentido. Puedo hablar con otros profesores, bromear con los alumnos y sentirme cómoda viviendo en otro país. Sin el español, me sentiría muy sola. Con él, me siento como en casa.
Aprender otro idioma no solo me ayuda a viajar, también me ayuda a ayudar a los demás.
Algún día quiero ser médica. No todos los pacientes hablan inglés, y eso puede hacer que ir al médico dé miedo.